LAS CRÓNICAS A VUELAPLUMA

Trabajos periodísticos de Iñaki Estívaliz

Un país de «unos» separados: la cruda lucidez de Rami Kobaisi en las ruinas del Líbano

Por Iñaki Estívaliz

El sur del Líbano se está borrando del mapa. Pueblos enteros como Zabdin o Ansar contemplan hoy cómo sus hogares quedan reducidos a escombros por una invasión israelí tan injustificada como programada como parte de un genocidio en marcha. Las cifras oficiales desde marzo pasado son espeluznantes: más de 2.800 muertos y aproximadamente un millón doscientas mil personas forzadas a huir de sus casas en un éxodo desesperado. Y sin embargo, a pocas horas de coche hacia el norte, en los vecindarios acomodados de Beirut, la vibrante vida nocturna no parece verse afectada. Es un contraste obsceno: la música retumba en los clubes de moda, las terrazas lucen llenas y el alcohol fluye con total normalidad mientras, a escasos metros, miles de tiendas de campaña de familias desplazadas se agolpan de manera precaria junto al exclusivo puerto deportivo y a lo largo del paseo marítimo de la capital.

Existe un mito internacional muy arraigado que alaba de forma casi romántica la «resiliencia» del pueblo libanés. Sin embargo, esa supuesta fortaleza colectiva es un espejismo que el viajero descuidado no percibe fácilmente, encandilado por la hospitalidad local. A poco que uno preste atención a las conversaciones cotidianas con los taxistas, los conserjes de los hoteles o los barberos de barrio, se va desvelando otra realidad. Emerge entonces la necesidad casi patológica de muchos libaneses de criticar al «otro», de culpar a la facción contraria de la miseria compartida y de marcar distancias insalvables dentro de un mismo territorio. En el Líbano, donde están reconocidas 17 sectas, la diferencia no es un punto de encuentro, sino un motivo sistemático de desprecio y una desconexión egoísta donde el sufrimiento del vecino es solo un ruido de fondo molesto.

«Nos preocupan más los ladrillos que tenemos encima y cuánto costaron que los niños y los hombres que mueren», denuncia una voz que disecciona la realidad con una precisión quirúrgica. «Nos importan más nuestros matcha (té libanés) y nuestros capuchinos que defender a una persona a la que le están despojando injustamente de su casa por quinta vez».


El caballero del Levante

Rami Raef Kobeissi es un personaje extraordinario, poseedor de una capacidad narrativa y argumentativa completamente fuera de lo común. Rami evoca de inmediato el empaque magnético, la elegancia un tanto cínica y la voz profunda de un Jeremy Irons convulsivo levantino. Habla a borbotones, encadenando reflexiones geopolíticas y sociológicas de una densidad abrumadora, ya sea en un inglés aristocrático o en un árabe deslumbrante.

Aunque abandonó la educación formal en el décimo grado, despliega una amplia y generosa cultura general y un conocimiento profundo de las religiones y de la historia de la región que deja a cualquiera sin argumentos. Rami es un observador implacable de las taras de su propia sociedad, y su veredicto sobre el sectarismo estructural es devastador: el Estado no existe como una comunidad unida, sino como un archipiélago de egoísmos.

«En el Líbano no somos un solo pueblo. Somos uno, más uno, más uno, más uno… No somos uno; somos ‘unos’. Unos separados. Mientras no me esté pasando a mí, todo el mundo puede quemarse».


Un siglo de heridas cosidas con miedo

Esta indolencia generalizada no nace de la nada; es el sedimento de una historia profundamente fracturada. El Líbano arrastra un siglo entero de calamidades encadenadas que han pulverizado la cohesión social. Primero fue el diseño artificial de sus fronteras bajo los mandatos coloniales de franceses e ingleses, quienes sembraron las bases de las divisiones confesionales. Después llegaron las sucesivas invasiones de distintos países que han utilizado históricamente su suelo como un sangriento campo de batalla ajeno. A esto se le suma un desgobierno crónico y corrupto, magnicidios y una serie de crisis económicas asfixiantes que han evaporado los ahorros de generaciones enteras.

Todo este colapso histórico fue coronado por la cataclísmica explosión del puerto de Beirut en agosto de 2020, consecuencia de la negligencia gubernamental. El Líbano es hoy un cuerpo exhausto y traumatizado, acostumbrado a que el «sálvese quien pueda» sea la única ley de vida factible para sobrevivir.


El «hijo de la cuarta cultura»

La implacable lucidez de Rami no es gratuita; es el resultado de una biografía jalonada por traumas políticos y familiares. Nacido en Dubái de padres libaneses, se define a sí mismo no como un hijo de la tercera cultura, sino de la cuarta. La sutil diferencia radica en que él no solo creció lidiando con la distancia respecto a sus raíces geográficas, sino en medio de una violenta crisis ética e ideológica dentro de su propio hogar: una madre defensora de una religiosidad estricta y un padre de convicciones firmemente seculares.

Esa burbuja multicultural de la infancia en los Emiratos —deliciosa y feliz, donde convivía de forma intuitiva con decenas de nacionalidades sin percibir barreras— estalló a los 14 años. El tormentoso divorcio de sus padres lo obligó a regresar al Líbano para vivir con la familia materna, sumergiéndolo en la cruda realidad sectaria del país. El choque cultural lo quebró desde el primer día. Al llegar a su nueva escuela en Beirut, lo primero que vio fueron dos espadas cruzadas en la puerta de entrada, un símbolo militar que le causó un terror genuino. Poco después, presenció en el patio cómo una multitud de alumnos apaleaba brutalmente a un compañero por el único motivo de que su nombre delataba que pertenecía a una facción religiosa distinta.

Al regresar a casa conmocionado, buscó refugio en su madre y le preguntó inocentemente cuál era la diferencia entre esas religiones y si de verdad aquel chico era el enemigo supremo. La respuesta fue una paliza feroz.

«Nunca en mi vida me había pegado tan fuerte mi madre», recuerda Rami, reviviendo el eco de los golpes. «Perdía el conocimiento y lo recuperaba en medio de una tremenda paliza a bofetadas que me estaba sacando el alma. A los 30 años comprendí que me estaba pegando porque mi pregunta había activado en ella el trauma de la guerra civil. Mi pregunta desencadenó cada maldito bombardeo que cayó sobre su casa, cada bala que pasó cerca de ellos. Ese día, al ver que no había lógica y que temía por mi vida, me volví ateo. Decidí que Dios no existía».


Las aulas de la exclusión: heroína y literatura de presidio

El desamparo institucional y familiar empujó a Rami a los márgenes más oscuros de Beirut. A los catorce años y medio ya era adicto a la heroína; a los dieciséis, pisó la cárcel por primera vez. Su juventud se convirtió en una montaña rusa de extremos colonizados por la pura supervivencia. Tras pasar un año y medio en rehabilitación, demostró una agudeza ejecutiva inusual al convertirse, con solo 20 años, en el gerente asistente más joven de Pizza Hut en la región.

La tregua duró poco. A esa misma edad recibió la noticia del suicidio de su padre, lo que provocó una recaída fulminante en las drogas y un nuevo ingreso en prisión a los 21 años. Pasó un año entero encerrado, en el olvido más absoluto, sin que nadie de su entorno preguntara por él. Fue en esa soledad radical donde Rami decidió convertir el presidio en su aula de estudios. Devoró cada libro de literatura que las ONG dejaban en la precaria biblioteca. Impulsado por un TDAH clínico no tratable que le otorga una capacidad inmensa de retención cognitiva, absorbió conocimientos a una velocidad inverosímil. En esas celdas aprendió incluso a leer y pronunciar el castellano de forma autónoma.

«La única razón por la que puedo pronunciar las letras en español, leerlo y hablarlo, aunque no lo entienda del todo, es porque leí la Biblia en español en la prisión. No tenía otra. Pedí prestada una versión King James en inglés y la puse al lado para entender lo que leía. Allí descubrí que era inteligente de una manera diferente a lo que la sociedad y mi familia decían de mí».

En una sociedad como la de Oriente Medio, donde las familias ocultan las neurodivergencias o los problemas de salud mental bajo la alfombra de la vergüenza colectiva para proteger el apellido, Rami había sido catalogado como un desecho defectuoso. La cárcel le demostró que su mente solo necesitaba un lenguaje propio.

La cadena de dolores familiares, sin embargo, guardaba su eslabón más desgarrador para el final. Años después, Rami regresó para asumir la responsabilidad de cuidar a su madre enferma, arrastrando el peso de aquel pasado violento pero amarrado a un deber filial ineludible. Le tocó acompañarla en su agonía definitiva, un proceso profundamente traumático que coincidió con los días posteriores a la gran explosión del puerto en 2020. No fue solo el impacto psicológico del estallido lo que terminó por apagarla; su madre murió pocos días después, consumida por el pánico y el agobio financiero insoportable derivado del colapso de la libra libanesa frente al dólar, viendo cómo el valor de lo básico desaparecía en cuestión de horas. Verla morir asfixiada por la ansiedad económica de un Estado fallido consolidó el desprecio de Rami hacia las élites que gobiernan el país y hacia las dinámicas de sumisión psicológica que imperan en la sociedad.


La farsa de los señores de la guerra

Esa misma lucidez es la que utiliza para desarmar la retórica política que rodea al Líbano. Rami no muestra piedad con la impunidad de la maquinaria militar israelí ni con los líderes locales que se lucran con la miseria. Para él, la gran estafa histórica consiste en que los ciudadanos han sido condicionados para defender a los mismos señores de la guerra que masacraron a sus familias en el pasado, aceptando pagarles «tarifas de protección» mafiosas a cambio de una falsa seguridad frente al vecino de la facción contraria. Es un mecanismo de control basado en el miedo inyectado en vena desde la cuna.

Su análisis se extiende a la hipocresía internacional. Denuncia los llamados «certificados de último propietario» en el comercio internacional de armas, documentos que demuestran cómo las mismas monarquías árabes que en televisión se llenan la boca hablando del «honor árabe» y la hermandad regional, son las que financian y envían armamento para que las distintas facciones libanesas se sigan desangrando en guerras ajenas. Tampoco elude la responsabilidad de la brutal ofensiva exterior de Israel, reduciendo el panorama a una injusticia geopolítica básica donde el agresor sistemático manipula el relato para presentarse siempre como una víctima en defensa propia, mientras destruye vidas y mapas enteros de forma impune.


La utopía de la moneda humana

Frente a este desierto moral y político, cualquier otro habría abrazado el nihilismo puro. Rami, en cambio, ha decidido emplear su talento para diseñar un modelo revolucionario que desafía las lógicas del sectarismo y el capital. Su proyecto consiste en la creación de una red de hostales comunitarios donde la moneda de cambio no es tanto el dinero como las buenas acciones.

En este espacio proyectado, los viajeros internacionales pueden hospedarse de forma gratuita a condición de ganarse el derecho a extender sus noches realizando trabajos directos de ayuda a la población local: reparar infraestructuras básicas, enseñar idiomas o apoyar a comunidades desfavorecidas. Cada acción se valida mediante un breve registro audiovisual junto al beneficiario, creando un archivo de confianza que dinamiza la economía interna a través del consumo local, al tiempo que destruye los prejuicios xenófobos recíprocos. Es un intento directo de extirpar el dinero del centro de las interacciones humanas para recolocar la empatía colectiva en su lugar.

Rami sabe perfectamente que pelea contra estructuras gigantescas diseñadas para perpetuar el miedo, el aislamiento y la insolidaridad. Sin embargo, al mirarlo a los ojos, queda claro que aquel niño que sobrevivió a los golpes, a la heroína, a las prisiones y al colapso de su propio hogar sigue intacto, completamente blindado contra el desaliento. Su testimonio no es un lamento; es una victoria incuestionable contra el horror.

«Esto no es una historia triste, amigo mío; esta es una historia de éxito absoluto contra todo pronóstico. El mundo está programado para obligar a la gente a matar al niño que llevan dentro y para empujarlos a despedazarse por diferencias estúpidas. Yo planté cara. Me negué a que lo asesinaran y me aseguré de salir de este infierno con más amor del que una sola persona es capaz de contener. El niño que disfruta del mundo a través de los ojos de los demás sigue vivo en mí. Jamás lograron matarlo». ie

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